martes, 19 de octubre de 2010

Las respuestas a nuestras preguntas llegan, no importa por donde,ni como, solo hay que tener fe y saber esperar.

Había una vez un hombre que estaba  sobre una montaña, con sus manos extendidas miraba al cielo como queriendo tocarlo.
Las  manos de este hombre parecen dos alas queriendo volar, como si fuera un pájaro deseoso de querer ganar el cielo a trabes del vuelo.
Ese hombre, esas manos, parecen estar perdidos en un horizonte de pensamientos extraviados, y de sentimientos a encontrar.
Bajo la luz de la luna, bajo el brillo de las estrellas, bajo la mirada atenta de un dios que lo consuela sin cesar, este hombre llora preguntas sin respuestas, y arroja sus penas al borde de un acantilado.
Un hombre solo en una montaña con las manos extendidas, es una linda imagen para una postal,  pero que interrogante  debe ser  también, contemplarlo a el sin saber que necesita   y sin poder entender lo que busca.
La noche va pasando y la montaña se va poniendo fría, el rocío va bañando la vegetación, pero este hombre no parece entender lo que  a su alrededor va sucediendo.
El hombre continuo con la mirada fija al cielo, y sus ojos ya parpadean  sintiendo el cansancio, sus manos temblorosas quieren bajar, pero algo las mantiene extendidas.
Las piernas  de este hombre ya casi se doblan, pero el las endereza cuando amagan a doblarse.
La noche va transformando a este hombre en un hombre de fuerza, valor, fe, y mucha paciencia, que es lo que el ser humano necesita para vivir esta vida que  dios le dio.
Cuando ya casi desvanecía por todas las horas que estuvo allí, aparecieron dos manos  que se posaron sobre sus hombros, dos manos que no llegaron desde cielo, si no de un amigo que lo andaba buscando desde hace tiempo.
 El hombre lo mira sorprendido a su amigo, porque no sabía como lo había encontrado ese lugar.
Luego de estrecharse en un abrazo le pregunto  a su amigo, como había llegado a el, y el amigo sorprendido también porque no entendía como el estaba ahí, le dijo, esas manos que tu esperabas del cielo creo que fueron la voz que me guiaron hacia ti.
Ambos  aprendieron que los amigos jamás se olvidan, que lo recuerdos siempre están presentes, que el amor une a todos, y que dios no abandona a las personas,  que siempre aparece en alguien, y esta vez lo hizo, en manos de un amigo.    

    
    
       
                                                                                                                                      A. Barceló

La única manera de dejar de ser quien somos es perdiendo toda conciencia sobre nosotros, y aun así quizás jamas dejemos de ser nosotros mismos.