Ella y yo nos conocimos una mañana de primavera cuando transitábamos por el mismo parque. Un parque que le dio vida a una relación hermosa, unió a dos personas sumamente distintas en pensamientos para convertirlas en un solo ser. Ella y yo, dos sentimientos, dos personas amándose fogosamente, dos corazones latiendo a la misma velocidad. Eran dos pares ojos iluminándose intensamente, dos bocas hablando Interrumpidamente, dos oídos escuchando dulces melodías. Las melodías, nuestras palabras, nuestros sentimientos. Ella y yo y esa primavera fuimos inseparables, disfrutamos de cada momento con intensidad, nos perfumábamos con hermosos aromas que nos daban esas bellas flores. Ella y yo vivimos muchas cosas, hasta que un frío invierno empezó a marchitar esas maravillosas flores y una capa blanca de niebla nos iba acortando la visibilidad de ese gran parque. Una brisa fría congelaba nuestras bocas, nuestros oídos, ese viento frío se nos iba llevando esas melodías que acostumbrábamos a escuchar juntos contemplando el crecimiento de cada vida que se formaba en ese entorno. Ella y yo jamás nos volvimos a encontrar, pero yo voy cada primavera a ese parque a contemplar lo que una vez contemplamos juntos, con la ilusión que cuando las flores crezcan nuevamente entre su crecimiento me devuelvan a la que una vez tuve y no supe cuidar. Ella era una flor única como la que todos tenemos alguna vez en la vida. Ella llena de colores de una elegancia incomparable y envidiada por todo ese parque se marchito cuando menos lo espere. Esa flor en algún un frío invierno de esos que viene sin aviso se ira navegando en el viento, tan solo porque nosotros no supimos abrigarla cuando lo necesitaba y porque nos dimos cuenta tarde que era para nosotros el cuidarla.
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